Ésta es la hora azul, la hora de los pájaros. Una cruel desazón te ocupa de improviso; pones música triste, te sirves una copa y dejas que el recuerdo te venza y te maltrate. Ésta es la hora azul y no tiene remedio. No tiene corazón, no se conmueve, no te suelta hasta que te ha desangrado. Es la hora del duelo, de las lágrimas, de la herida, del ángel, de las brasas, del nombre repetido, del eclipse.
Reza para que pase y no te lleve enredado y sumiso entre sus alas.
No quiero que los besos se paguen ni la sangre se venda ni se compre la brisa ni se alquile el aliento. No quiero que el trigo se queme y el pan se escatime.
No quiero que haya frío en las casas, que haya miedo en las calles, que haya rabia en los ojos.
No quiero que en los labios se encierren mentiras, que en las arcas se encierren millones, que en la cárcel se encierre a los buenos.
No quiero que el labriego trabaje sin agua que el marino navegue sin brújula, que en la fábrica no haya azucenas, que en la mina no vean la aurora, que en la escuela no ría el maestro.
No quiero que las madres no tengan perfumes, que las mozas no tengan amores, que los padres no tengan tabaco, que a los niños les pongan los Reyes camisetas de punto y cuadernos.
No quiero que la tierra se parta en porciones, que en el mar se establezcan dominios, que en el aire se agiten banderas que en los trajes se pongan señales.
No quiero que mi hijo desfile, que los hijos de madre desfilen con fusil y con muerte en el hombro; que jamás se disparen fusiles que jamás se fabriquen fusiles.
No quiero que me manden Fulano y Mengano, que me fisgue el vecino de enfrente, que me pongan carteles y sellos que decreten lo que es poesía.
No quiero amar en secreto, llorar en secreto cantar en secreto.
No quiero que me tapen la boca cuando digo NO QUIERO...
No quedará en la noche una estrella. No quedará la noche. Moriré y conmigo la suma del intolerable universo. Borraré las pirámides, las medallas, los continentes y las caras. Borraré la acumulación del pasado. Haré polvo la historia, polvo el polvo. Estoy mirando el último poniente. Oigo el último pájaro. Lego la nada a nadie.
No tenemos un lenguaje para los finales, para la caída del amor, para los concentrados laberintos de la agonía, para el amordazado escándalo de los hundimientos irrevocables. ¿Cómo decirle a quien nos abandona o a quien abandonamos que agregar otra ausencia a la ausencia es ahogar todos los nombres y levantar un muro alrededor de cada imagen. ¿Cómo hacer señas a quien muere, cuando todos los gestos se han secado, las distancias se confunden en un caos imprevisto, las proximidades se derrumban como pájaros enfermos y el tallo del dolor se quiebra como lanzadera de un telar descompuesto. ¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo cuando nada, cuando nadie ya habla, cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras de un mundo que ha perdido su memoria de un mundo. Quizá un lenguaje para los finales exija la total abolición de los otros lenguajes, la imperturbable síntesis de las tierras arrasadas. O tal vez crear un habla de intersticios, que reúna los mínimos espacios entreverados entre el silencio y la palabra y las ignotas partículas sin codicia.
Estoy tan triste como si te me hubieses muerto no puedo sonreirme pues contigo ni hablar de qué sé yo ni dar detalles. Puedo sólo sufrir por los días perdidos por lo imposible ya por el fracaso.
La heroína es tan dulce como hacer el amor, decía ella en otro tiempo.
Los médicos dicen que no ha ido a peor, día va día viene, y que nos lo tomemos con calma. Hace un mes que no ha vuelto a despertar, desde la última operación.
Y sin embargo seguimos visitándola todos los días en el sexto box de la unidad de cuidados intensivos. Al entrar, el enfermo de la cama de enfrente lloraba, no ha venido nadie a visitarme, le decía a la enfermera.
Hace un mes que no oímos la voz de mi hermana. No veo como antes toda la vida por delante, nos decía, no quiero promesas, no quiero disculpas, tan sólo un gesto de amor.
Ahora sólo le hablamos mi madre y yo. Mi hermano, antes, no decía gran cosa; ahora ni siquiera aparece. Mi padre se queda en la puerta, callado.
No duermo por las noches, nos decía mi hermana, tengo miedo a dormirme, miedo a las pesadillas. Las agujas me hacen daño y tengo frío, el suero me enfría las venas.
Si pudiera huir de este cuerpo podrido.
Mientras tanto dame la mano, decía, no quiero promesas, no quiero disculpas, tan sólo un gesto de amor.
PARECE que el destino está en suspenso, que la desgracia pesa sin llegar a caer; parece que el amor se ha vestido de pena. Alguien, próximo a mí, llora en mi pecho y me llama por el nombre que escondo.
Tengo miedo a morir.
Parece que he gastado la vida. Ni una lágrima cae ni una palabra, como si todo hubiese sido consumado.